Un Volcán

Tras la formación de la Tierra y la solidificación de la corteza terrestre, nuestro planeta cubrió su superficie de volcanes alimentados de roca fundida, su calor interno estaba dispuesto a salir desde lo más profundo del manto hacia el exterior de cualquier forma: lava, vapor, ceniza y piedras calcinadas bañaban la Tierra, nada ni nadie podía habitar en aquella geosfera en llamas. 

Es cuando aumenta el calor que funde en magma toda roca, en la cámara impaciente por salir al exterior.

En el sentido más legal asciende en forma de vapor, chimenea natural de alta presión.

Roca fundida que escapó y ahora hay quien la llama lava y desciende calcinando todo a su paso.

El frío tiene su labor, solidifica esta canción, este volcán se transformó en la montaña.


Un Volcán será la segunda canción de este proyecto.

Un Universo

Tras la más profunda oscuridad y el frío más insoportable, hubo un deslumbrante estallido que dio comienzo a todo lo que nos rodea.

Hoy brillan un sinfín de estrellas, hoy me siento tan pequeño en medio de este corazón que un día eclosionó.

Esta será la canción que de comienzo a La Voz del Cosmos.

¿Y si el Universo hablara?

¿Y si el Universo hablara? 
Imagina el montón de cosas tan increíbles que podría contarnos: qué fue realmente el Big Bang, o cómo la madre Tierra fue preparando todo para recibir en sus entrañas a cada uno de los seres que en ella habitan.

Basado en la filosofía Montessori, este libro te hará volar por medio de nueve canciones ilustradas hacia el espacio exterior, para que allí, desde lo más alto, podamos comprender el sentido de nuestra vida en el Universo. 

Así fue como nació La Voz del Cosmos

Hace algunos años un giro inesperado en mi vida hizo que me encontrara de frente con la filosofía de una grandísima mujer, María Montessori. Tras descubrir quién había sido y conocer todo lo que había aportado a la educación allá por el siglo pasado, decidí formarme como guía Montessori y fue entonces cuando cambió mi forma de ver la vida, el mundo e incluso el Universo entero. 
La visión cósmica con la cual soy capaz de ver todo lo que me rodea hace que me sienta en paz cada uno de mis días, comprender el Universo y comprender todo lo que forma parte de él cambió mi mundo. Entendí por fin que todo en esta vida tiene su función y que cada ser, cada roca, cada gota, o cada soplo de viento tiene un papel fundamental en este cosmos del que formamos parte.

Quise trasmitirle todo esto a mis alumnos del colegio Montessori en el que trabajo como guía de taller I, e inspirado por la Educación Cósmica compuse nueve canciones en las que hablo sobre la historia, la biología y la geografía, y la interconexión de estas tres disciplinas entre sí.

Fue así como nació La Voz del Cosmos 💫 .

Lo eterno

La probóscide de una mariposa
La probóscide de una mariposa

Lo eterno existe, y si no que se lo digan a la partícula alfa que una vez detonó así como si nada, en medio de la nada y ahora alimenta a la Estrella del Norte a cucharas soperas, después el Universo dirá.

Lo eterno existe, te lo digo de verdad, lo eterno me dio una vez la vida y tras la muerte, nutrió una vieja encina a la cual la hiedra hoy abraza diciendo “por siempre jamás”.

Lo eterno existe, me lo dijo una vieja amiga a quien soñé junto a mi mano una tarde de verano mientras dormía la siesta a las faldas del Tibidabo.

Lo eterno existe, me di cuenta una vez mientras de niño miraba una caja de zapatos llena de hojas de morera las cuales fueron devoradas por un puñado de larvas de fugaces mariposas.

Lo eterno existe, resiste y persiste.

Le sobran los zapatos

Le sobran los zapatos, apresan sus pies haciéndolos inútiles y débiles, nos empeñamos en cubrir sus raíces con trozos de tela y plástico, pero créeme, le sobran los zapatos.

Le sobran los zapatos cual caballo la herradura. Hay creencias que dicen que los caballos no necesitan herradura, sus cascos no deben ser crucificados, pues son cuatro corazones que ayudan a bombear su sangre, le sobran los zapatos.

Fijaos, solo es cuestión de observación, en cada momento se deshacen de sus zapatos, quieren tener desnudos sus pies y no llenos de nudos que ni siquiera saben atar.

Tras la formación de la corteza terrestre, su fertilidad y la aparición de las plantas fuera del agua, nuestro planeta y los seres que lo habitaban fueron año tras año evolucionando, y llegado el momento la Tierra ya estaba lista para ser habitada por los seres humanos, el suelo se cubrió con una suave alfombra verde y adornada por delicadas flores silvestres que protegían los pies del homo sapiens de la dureza de la roca, la Tierra ya estaba lista para ser habitada y aun no existían ni los “geox” ni las “nike”.

¿Alguna vez has pisado la Tierra al desnudo en un entorno natural? ¿Has podido darte cuenta de lo que provoca? ¿Has notado esa conexión sin ningún tipo de aislante artificial? No es magia, es naturaleza.

Le sobran los zapatos y lo sé de buena tinta, me he tirado un curso entero escuchando: “Rocío, ponte los zapatos, te vas a clavar algo, te están llenando de tierra, te estás llenando de barro, Rocío, ponte los zapatos.”

“Los niños que andan descalzos perciben el mundo que están descubriendo de otra manera debido a que tienen un contacto más profundo y directo con su entorno”

Rocío tiene 6 años y no necesita para caminar sus zapatos, si los necesitara se los pondría, créeme, igual que la manzana que lleva en su mochila no necesita el papel film para ser cubierta pues esta ya tiene su propia piel.

¿Os acordáis del árbol que tanto les gusta y que los eleva hasta el cielo? Pues bien, yo los he visto trepar sin zapatos,  descalzos, con su propia piel, uniendo la planta de sus pies al tallo leñoso del árbol, el cual está unido a la raíz, formándose así esa perfecta conexión: del suelo al árbol, del árbol al cielo y del cielo al infinito.

Del suelo al árbol, del árbol al cielo

Hoy vi cómo jugaban entre las ramas del viejo árbol y no había miedo en sus miradas, no había nada qué temer, de hecho diría que era la combinación biológica más segura que nunca antes había visto dentro de un entorno escolar, solo ellos y el viejo árbol. 

Era orgánico, era real, nada artificial, sus sonrisas al natural, su enorme satisfacción al llegar a la rama más alta, la más joven, la más verde, la que bebe de la raíz más profunda.

¡Cuánto júbilo! 

Juro que llegué a confundir sus risas con el canto de algún mirlo blanco.

La simbiosis que había en ese lugar era incluso más espectacular que cualquier aurora boreal durante la madrugada del solsticio de invierno.

Era salvaje, pero de un salvaje humano, libres entre los brazos de aquel legendario ser vivo.

Trepaban ágilmente, saltaban de rama en rama, daban volteretas, gritaban de felicidad y sin el mínimo rastro de ese miedo provocado por un adulto vulnerable y asustado bajo la sombra de aquellas hojas que alaban al sol, su único Dios.

Al menos ellos lo tenían claro: del suelo al árbol, del árbol al cielo.